Ya lo Dijo un Sabio...

Amor. Cuatro letras llenas de conceptos. Dos vocales y dos consonantes que mantienen el equilibrio de un significado que tiene tantas acepciones como personas en el mundo. Hay estudiosos que se llenan los labios hablando de amor sin saber que un día de práctica no equivale a años de teoría. Todo el mundo se permite hablar del idioma universal que nos une con tan solo una mirada, y nos separa con tan solo apartarla. Hay tantas maneras de amar como gente en el planeta, pero aún así sigue siendo el misterio de la gran mayoría de nosotros. No lo entendemos, pero apostamos por él siendo conscientes que no es un juego donde se gana o se pierde, sino una experiencia en la que uno crece y aprende.

Hay amores sanos, otros que nos atan; algunos de ellos libres, y otros que nos esclavizan. Hay amores comprensivos, otros egoístas; muchos otros donde se da por tan solo recibir, y otros donde con los ojos cerrados nos entregamos a lo que desconocemos. Amores fuertes, y amores que imponen su propia ley. Amores que mal usan esa palabra mágica para esconder en realidad posesión y obsesión, y amores que se dejan influenciar por la ley del que lo marca. Pero nada viene de nuevo. Ya dijo Platón muchos siglos atrás que "donde reina el amor sobran las leyes"... Y aunque nos quede muy lejos esa época donde la filosofía era la marca de identidad de los sabios, podemos aplicarnos el dicho perfectamente hoy día.

Me cansa hablar de dinero: tal como viene, se va. Me agobia pensar en el futuro: nunca voy a atraparlo. Me gusta pensar en el pasado sin darle importancia: para bien o para mal, ya nunca volverá, así que no hay motivo para preocuparse. Me gusta vivir en el presente: es un tiempo que va y viene a cada momento. De hecho, nunca acabamos viviendo del todo en él. Y me paso muchas horas matando el pasado, despidiendo al presente y acariciando el futuro pensando en una pregunta curiosa: "¿quién fue el listo/a que decidió que el amor se basa en leyes?" Muchos saben que no es así, pero por desgracia no todos se aplican el cuento y hoy día los tribunales se llenan de casos personales porque en lugar de aprender del amor, lo castigamos por no aceptar que la otra persona no es la parte que nos falta, sino la que nos complementa. Y ahí está el principal error.

¿Cómo un juez puede decidir que el amor que uno siente es más sincero que el de otro? ¿Por qué se defiende, la mayoría de las veces, al que sufre por ser dejado? ¿Quién tiene, en realidad, derecho a decidir que uno se queda con las cosas que otro construyó con el amor que entonces había? Tal vez es inútil hablar de un tema que a mí me viene de lejos, pues uno tan solo conoce una pequeña -y grande a la vez- forma de amar: la que ha vivido. Pero aún así creo que el amor es, o debería ser, tan libre como el momento en qué unió a dos personas. Creo que nadie tiene suficiente autoridad para decidir sobre algo que solo influye a dos personas, y que nadie es tan sabio para permitirse el lujo de ponerle leyes a una palabra tan grande como es el AMOR.

Hace tiempo leí la segunda parte de Los Pilares de la Tierra, y una frase se me quedó grabada en la mente. Decía así: "Ella no se sentía culpable, pues sabía que Dios era lo suficientemente inteligente como para no castigar a dos mujeres por darse placer mutuamente sin hacer daño a nadie". Ya no se trata de hablar si dos personas del mismo sexo deben tener o no los mismos derechos a la hora de ser pareja, pero sí de algo tan simple como que cada cual tiene que ser lo suficientemente libre para decidir por si mismo hacia donde quiere encaminar su vida. Tampoco se trata de juzgar por adelantado a un presunto maltratador, un tema -por otra parte- bastante delicado hoy día pero que encaja a la perfección con la idea de amor que se vivía en la época plena de uno de los grandes maestros de la filosofía.

Creo que nunca nadie podrá hablar ni escribir sobre el amor haciendo un texto coherente, con sentido de pies a cabeza, y donde todo el mundo este plenamente de acuerdo con lo que se expone; pero también creo que cada texto que habla sobre el amor tiene el significado que uno quiera darle, y la verdad que uno le quiera ver. Pues el amor en sí, no existe de igual manera para todos, porque si fuera así no mataría, ni ataría, ni dolería. De hecho, podríamos decir que eso no es amor. Y es que somos nosotros mismos quien lo subimos hasta el cielo o lo descalificamos hasta más allá del suelo: sólo depende del lado en el que nos encontremos. No es fácil amar, pero es que eso nadie lo dijo. Tan solo hay que respetar dos pilares básicos: la confianza y la sinceridad. Con ello, lo demás viene solo. Y aunque no he pasado ni un solo día estudiando el amor, sí me he pasado unos cuantos años viviendo al lado de él. Lo he querido y lo he odiado. He creído en su significado, y he dudado que exista. Le he agradecido el haber entrado en mi vida, y le he atormentado por haberme dejado cuando menos lo esperaba... Pero ahora, con la cabeza fría, me alegro de poder decir que lo conozco, y que todo lo que pasa a su alrededor no es en realidad culpa suya, sino de las dos personas que lo ahogan hasta sentirlo tan cerca que se acaban quemando. Por eso me permito el lujo de decir que necesitamos a la justicia más que nunca, pero la necesitamos para que sea justa con una palabra que se usa para todo: a veces para bien, y otras para encubrir algo que en realidad queda muy lejos de ser amor. Y es que de hecho, todo se resume con la frase de Platón: porque si el amor se basa en leyes, deja de ser amor para convertirse en un sucio disfraz. Y eso me lo enseñó el pasado.

 

Elisabet Parera Campins.
Periodista.
 

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