Tragedias de Sobremesa.

Si Truman Capote se paseara por cualquiera de las concurridas calles de la sociedad del siglo XXI, se echaría las manos a la cabeza para enterrar de nuevo la locura en la que muchos le enfrascaron. Y es que difícilmente podría haber pensado que 44 años después de la publicación de A sangre fría, la sociedad nos brindaría tantos asesinatos como para escoger al azar en cual centrar nuestra particular obra literaria.

Pocos quedan hoy día que no hayan oído hablar de A sangre fría; la que muchos definen como la obra maestra de Truman Capote y que sirvió de punto de partida del género conocido como Nuevo Periodismo: el periodismo de calle, el que busca situar al lector en el lugar de los hechos aún sin estarlo, el que narraba exquisitamente, detalladamente, escogiendo con intención cada palabra usada, contrastando al máximo las informaciones, el que seleccionaba lo mejor de la literatura y lo mejor del periodismo para convertirlo en una novela periodística; usando un estilo urbano pero conservando la objetividad y la precisión del buen periodismo. Pues bien, A sangre fría 'no es más' que el resultado de todo esto sumado a cinco años de investigación. A sangre fría es la recreación, en una novela de no-ficción, del asesinato que tuvo lugar en Kansas en 1955 y que tuvo como víctimas a los cuatro miembros de la modélica y ejemplar familia Clutter. Fue un asesinato que no solamente conmocionó a la opinión pública, sino que ésta no tuvo más remedio que encajar la desesperación, angustia, miedo y desconfianza de un crimen que sugería que cualquiera podía ser asesinado en cualquier momento.

Fue tanta la expectación que generó todo aquello relacionado con el crimen, que en plenos años 50 se hizo un despliegue informativo enorme para la época. Truman Capote dedicó cinco años de su vida a vivir codo a codo con los vecinos del lugar, con los habitantes del pueblo... y con los asesinos. Así y tras un lustro publicó A sangre fría, que ahora sirve de aperitivo para nuestras tragedias de sobremesa.

 

Un viejo asesinato y una nueva sociedad.

La cuestión es que el caso de los Clutter levantó una ola de desconfianza enorme en una sociedad que entonces dejaba las puertas de casa sin cerrar durante las noches. Una sociedad aferrada hasta entonces en un 'sueño americano' que dos ladrones se empecinaron en desmoronar en el preciso instante en que mataron a un matrimonio y sus dos hijos adolescentes y los dejaron desperdigados por las habitaciones. Y ahí estaba Truman Capote para cambiar la percepción de esta sociedad y presentarles, aún sin saberlo, una obra de teatro llamada realidad que sería representada miles de veces más en todas las ciudades habidas y por haber. Ahí estaba él para cambiar la percepción de una sociedad que medio siglo después se ve obligada a escuchar casos como los de los Clutter demasiado a menudo.

El último de ellos llega de la mano de Lianne, una mujer británica que hasta hace poco más de un mes pasaba desapercibida. Pero todo cambió cuando el 17 de mayo asesinó en Lloret de Mar (Girona) a sus dos hijos por miedo a perderlos. Triste paradoja.

Su marido era uno de los violadores más buscados del Reino Unido. Así que hace más de dos años decidieron fugarse con su hija y, sin levantar sospechas, se instalaron en Barcelona. Allí tuvieron hace un año a Daniel, el segundo hijo del matrimonio. Según los vecinos eran 'una familia ejemplar'. Pero la casualidad quiso que todo tomara un rumbo inesperado. Y después de que Lianne denunciara un robo en su casa, las autoridades relacionaron el apellido con el del violador. Le detuvieron, y Lianne y los niños se fueron a un hotel de Lloret donde, por sentirse culpable y por miedo a perderlos, asfixió con una bolsa de plástico y mucha sangre fría a los pequeños, de once meses y de cinco años. Ahora no solamente ha perdido para siempre a sus hijos, sino que falló en su intento de suicidio y tendrá que ver desde la cárcel como pasa el tiempo, como se consume una vida entre rejas, y como se puede vivir sabiendo que ella misma terminó con unas vidas aún por empezar. Y aunque el caso ha disparado las conversaciones en la calle y las noticias en los medios de comunicación, no es muy difícil echar la vista atrás y acordarnos de otros similares que no han sido más que réplicas de las que ya publicó Truman Capote: asesinatos escogidos al azar y por error y sobre los que no pesa otra cosa que la culpa que muchos no sienten tras cometerlos.

 

Muchos asesinatos, poco tiempo.

Si tecleamos la palabra 'asesinato' en Google, los resultados sobrepasan los dos millones. Si acotamos nuestra búsqueda y buscamos en la sección 'noticias' del buscador, obtenemos más de 4.000 resultados de las últimas informaciones que contienen esa palabra. Las cifras hablan por si solas y realmente son elevadas, pero si tenemos en cuenta que diariamente se producen cientos de asesinatos de los que nunca nadie llega a saber, los resultados son más escalofriantes aún. El todavía reciente siglo XX ha sido uno de los más sangrientos de la historia y las cifras siguen en augmento hoy en día.

Crímenes políticos, crímenes de guerra y guerras religiosas. Crímenes por posesión, crímenes por placer, y crímenes por venganza. Crímenes que tienen claro su objetivo, y asesinos que siempre están pendientes de encontrar a su próxima víctima al azar. En los últimos años hemos tenido muestras de la existencia de todos ellos, pero al mirar atrás nos topamos con un duro muro de asesinos en serie que han hecho temblar a la sociedad actual.

En Colombia Pedro Alonso López, más conocido como el Monstruo de los Andes, es sospechoso de haber asesinado al menos a 300 personas en Colombia, Ecuador y Perú. Se le imputaron 57 cargos e incluso fue trasladado a prisión, donde burló a los guardias y se fugó. Actualmente no se conoce cuál es su paradero.

En enero de 1999 en China fue arrestado Hu Wanlin bajo sospechas de haber causado la muerte de 146 personas. Se trata de un exconvicto que se autoproclamó médico y curandero.

En Manchester un médico llamado Shipman fue sentenciado a 15 cadenas perpetuas por asesinar a mujeres que habían sido o eran sus pacientes a finales de los 90. Ha sido conocido como el Doctor muerte, y ha quedado probado que asesinó a 215 personas en 23 años, desde que comenzó a practicar la medicina.

En Pakistan, Javed Iqbal fue declarado culpable a principios del siglo XXI por asesinar y mutilar a 100 niños, hechos por los que fue sentenciado a muerte.

Delfina y María de Jesús Gonzales eran dueñas de un próstibulo en México. Más tarde fueron sentenciadas a 40 años de prisión por haber matado a 80 mujeres y al menos a 11 hombres.

En Rusia, Andre Chikatilo fue encerrado a principios de los 90 por 52 asesinatos. Se lo conoció como el Destripador de Rostov.

Anatoly Onoprienko, de Ucrania, mató a 52 personas durante un régimen de terror que duró cinco años y por el cual fue sentenciado a muerte en 1999.

 

 

 

 

En Estados Unidos Donald Henry Gaskins fue ejecutado a principios de los 90 por haber matado a más de 100 personas. En el mismo lugar Henry Lee Lucas fue sentenciado a muerte por el asesinato de una persona no identificada que hacía 'autoestop' en una carretera. Más tarde, Lucas admitió haber matado a cientos de personas. De Estados Unidos era también John Wayne Gacy, acusado de matar a 33 jóvenes adultos y de enterrar sus cádaveres en el jardín posterior de su casa, hechos por los que fue ejecutado en 1994. Para acabar con una lista que no tiene fin, está Jeffrey Dahmer, también de Estados Unidos, y que fue sentenciado a varias cadenas perpetuas por haber asesinado a 17 jóvenes y hombres en 13 años. Solía desmembrar los cuerpos de sus víctimas y comerse algunas partes. Paradógicamente, fue asesinado en prisión.

Pero no hace falta irse tan lejos en tiempo ni en lugar para darnos cuenta de que siempre habrá quien se encargue de teñir de negro el destino de quien desea vivirlo. No hay más que mirar casos como el de la niña Mari Luz. O Marta del Castillo que, después de ser agredida sexualmente según fuentes de la investigación, fue víctima de unos individuos capaces de mentir centenares de veces sin sentir remordimiento alguno por lo que ya han confesado. O del mendigo que murió desangrado por intentar evitar un atraco en Nueva York. También está el caso del chico que está siendo juzgado acusado de asesinar a una prostituta en la zona de Blanes; las peleas de adolescentes que, como en el caso de la joven de Seseña, Cristina Martín, acabó en una muerte en el fondo de un pozo; o de los individuos que creen que el 'mía o de nadie' sirve de pretexto para acabar con la vida de una mujer.

Los ejemplos son innumerables, pero ya no nos afectan como hace 50 años.

 

Inmunidad sobre la mesa.

Hace algún tiempo, mientras leía La sangre de los inocentes, de Julia Navarro, me encontré con una frase llena de una realidad escondida entre líneas. Decía así: Somos capaces de ver los informativos mientras comemos, en nada afecta a nuestra vida cotidiana. ¿Cuantas veces has visto las imágenes de un atentado con varios muertos y has continuado haciendo lo que tenías previsto? Nada más lejos de una realidad que evidencia que nuestra mente ha ido asimilando tantas desgracias que, como dice el personaje de la novela, nos ha ido haciendo inmunes.

 

Violaciones, asesinatos, guerras religiosas, guerras políticas, guerras económicas. Atentados, actos macabros, palizas por motivos raciales, culturales o religiosos. Todo sirve de excusa para intentar justificar un asesinato que deje al asesino la conciencia limpia.

Con el paso del tiempo nos hemos ido acostumbrando a las desgracias. Nos han acostumbrado a aceptarlas, a hacerles un lugar en la mesa mientras comemos. Y es que la realidad nos ha hecho títeres de un espectáculo que se evalúa por el número de muertos y se contabiliza por tragedias que, tratadas con frivolidad y sensacionalismo, no hacen más que volvernos impasibles ante tanta sangre.
Ahora, el día a día nos brinda la oportunidad de ser Truman Capote por unos instantes a veces ilimitados y escribir nuestra propia versión de A sangre fría.

Los asesinatos han pasado de ser un tema exclusivo de las novelas para ocupar las primeras páginas de nuestra vida cotidiana. La sangre fría ha salido hace tiempo de los libros para convertirse en una realidad demasiado habitual de la que, por repetición, ya somos inmunes.

 

Elisabet Parera Campins.
Periodista.

 

 

 

 

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