La Mirada de la Víctima.
Se llama Diego, tiene 25 años, y muchos querían verle muerto. Ahora está hospitalizado y corre el riesgo de sufrir secuelas para el resto de su vida. Hasta hace una semana era un completo desconocido que se había mudado de Madrid a Tenerife con su pareja sentimental y la hija de ésta. Y ahora no hay quien no haya oído hablar de él desde que ocurrió la desgracia: la pequeña, de tres años, murió. Y entre los médicos y la prensa se encargaron de linchar a Diego públicamente.
Se le acusó de abusos sexuales y violación a la niña, así como de provocarle quemaduras con un cigarrillo, y de propinarle el golpe que le causó la muerte. En España, que con estas cosas somos muy sentidos, no dudamos en querer verle muerto, colgado, torturado o pudriéndose en la cárcel de donde –muchos decían- no debería salir nunca. Pero salió hace tres días, y quedó en libertad sin cargos. Eso después de que la autopsia del forense dictaminara que la muerte se debió a que la niña se había caído de un columpio cinco días atrás. Ese hecho ya lo había hecho público la propia niña en su escuela, y lo había confirmado su madre, el acusado y padrastro de la niña, y la profesora de ésta. Pero se hizo caso omiso. En cuanto a las quemaduras, se debían a una reacción alérgica provocada, parece ser, por una crema. Y de indicios de violación y abusos: cero. Y entonces me pregunto, ¿qué ha fallado aquí?
La respuesta no es una sola… son muchas. En el anterior artículo hablaba, precisamente, de nuestra Justicia. Muchas veces nos quejamos y lamentamos de su funcionamiento. Pero tenemos suerte de poder contar con ella. Esta vez se ha encargado de exculpar a un joven al que todos daban por violador, maltratador, y asesino. Eso después de permitir que el hospital filtrara un informe impreciso y que los medios de comunicación lo publicaran a su conveniencia sin tener en cuenta otra información que la del propio informe, olvidándose de contrastar las fuentes. El chico fue tachado de ‘monstruo’ por parte de la sociedad, y su fotografía inundó los medios de comunicación.
¿Dónde queda, entonces, la presunción de inocencia? Se trata de un derecho que tenemos todos por ley y que se resume en pocas palabras: Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
Me parece curioso que el informe se filtrara a los medios sin esperar el resultado de las pruebas forenses. Y me parece más curioso –y penoso- aún, que el
colectivo de los periodistas entre el cual me incluyo, tuviera la gracia de saltarse más de un punto de su código deontológico. No solamente publicaron la fotografía del joven junto a una noticia donde se le presentaba claramente como culpable del supuesto ‘crimen’ sin contrastar las fuentes, sino que además prescindieron de la palabra mágica para estos casos: “presunto”. Y es que, por ley, están obligados a usarla hasta que un juez declare culpable al acusado. Hasta que el juicio no se celebre, el imputado será un presunto asesino, presunto violador, presunto maltratador, y presunto… ¡lo que sea! Todo periodista lo sabe, y me sorprende que los diarios nacionales hayan tenido tan poco tacto con el tema. Sin ir más lejos el Diario ABC publica, en su edición del domingo, una dura portada donde la mitad del espacio se destina a publicar la fotografía de Diego acompañada de un texto que no deja lugar a dudas: “La mirada del asesino de una niña de tres años”.
A todo esto, el joven se encuentra hospitalizado, y nadie debería preguntarse por qué. No solamente ha perdido a una niña a la que, según dicen todos los que lo conocen, cuidaba y quería como si fuera suya; sino que además ha sido presentado a la sociedad como un monstruo capaz de hacer lo inimaginable a una niña de tres años. Y en este país parece más fácil acusar y absolver, que pedir disculpas. Porque, por desgracia, los medios de comunicación condenan antes que los tribunales. Pero de pedir perdón, aunque eso no arregle nada, nadie habla. Deduzco que talvez será porque les rasga el orgullo al admitir que uno se ha equivocado. Y ni el gobierno, ni los periódicos, ni el médico que redactó el informe, ni la opinión pública. Nadie ha pedido disculpas. Y mientras muchos señalaban su mirada como “la de un asesino”, yo me la imagino más bien como la de una víctima más de todo el circo que tenemos montado en este país. Un juicio abanderado por la santa gracia a la que se acogen todos los profesionales cuando hay morbo de por medio. Porque en este caso, todos han hecho mal su trabajo, y aquel que ayer era un asesino y violador, hoy es una víctima con la mirada perdida que ni siquiera ha podido dar el último adiós a la niña que cuidó como si fuera su hija.
Elisabet Parera Campins.
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