El Espectáculo de la Justicia.
Miércoles por la noche. Estoy a punto de acostarme, pero no puedo resistir la tentación de coger el libro que tengo a mi lado. Se trata de La Guerra Eterna, el libro de ensayo más premiado en 2008, y cuyo autor es el corresponsal del New York Times Dexter Filkins, que se desplazó hasta Irak y Afganistán para vivir de primera mano las atrocidades que desde hace años se cometen en dichos lugares.
Leo mientras se me encogen los pensamientos tras imaginarme la escena. Una escena de lo que ellos llaman Justicia. Me pierdo comparando nuestra Justicia imperfecta con su imperfecta asimilación de lo que significa equilibrar la balanza. Y me lamento por no saber apreciar lo que tenemos.
Nos quejamos porque la Justicia actúa lentamente. Porque muchas veces falla. Porque es imperfecta e incompleta. Y porque muchas veces deja un sabor amargo, porque nos llena de impotencia, y porque puede tardar años en arreglarse una decisión equivocada. Es cierto… Pero también lo es que al menos tenemos derecho a contar con un abogado que nos defienda, con alguien que apueste por creernos si somos inocentes, y conseguir la libertad aún siendo culpables. Hay mil opciones. Pero todas existen.
Y es fácil quejarse, muchas veces con razón, cuando algo tan básico como es la Justicia funciona a años luz de las necesidades del momento. Pero, repito, al menos la idea de Justicia sí existe, y al menos podemos contar con profesionales que, en cuerpo y alma, luchan para que se aplique con la mayor objetividad posible.
Volví a leer la descripción de Dexter Filkins, y volví a sentir escalofríos. Volví a pensar en nuestra Justicia, y volví a comparar ambas culturas. No pude evitar sentirme afortunada. Y tampoco pude dejar de sentir lástima por aquella mentalidad tan lejana al siglo en qué vivimos.
Tan sólo reproduciré unas líneas, pero creo que serán suficientes. La escena es fácil de imaginar, pero difícil de comprender: Un campo de fútbol. Las gradas repletas de hombres por un lado, y de mujeres y niños por otro. La entrada es libre. Y el espectáculo coarta la libertad de sus protagonistas. La escena se sitúa en el centro del terreno de juego, pero no se va a disputar ningún partido. Hay un hombre, micro en mano, que supuestamente es el presentador del show. La gente, impaciente, espera. Y el hombre del micro da paso a la función. Son escenas cortas con un principio y un final. Algunas no inmutan a los asistentes. Otras hacen que estallen en vítores.

Me detengo en uno de los casos que cuenta Filkins. Es este: “En la venganza tenéis vuestra vida”, dijo el altavoz. El hermano disparó. Atiqullah quedó inmóvil durante un segundo y después se desplomó bajo la manta gris. El hermano se situó de pie sobre Atiqullah, apuntó su AK-47 y disparó de nuevo. El hermano caminó en torno al joven, como si estuviera buscando síntomas de vida. Al ver uno, aparentemente, se agachó y volvió a disparar. Los espectadores se abalanzaron sobre el campo igual que al final de un partido de fútbol americano universitario. El hermano iba de pie en la plataforma del camión. Tenía los brazos en alto y sonreía”.
A muchos no sorprenderá el relato. A mí tampoco, si no fuera porque lo que describe es un juicio. La víctima es un chico joven acusado de matar a un vecino tras la disputa de unas tierras. Sin demostrar si era culpable, y sin permitir explicaciones, el hermano del vecino es invitado al espectáculo para… matar al acusado. Y la gente del lugar lo explica así: “En Estados Unidos tenéis la televisión y las películas. Aquí sólo hay esto”. Por otra parte el hombre del altavoz lo justificaba de una peculiar manera: “El Corán dice que hay que matar al que mata para crear paz en la sociedad”. Después de esta escena vinieron otras en que se cortaba la mano “en directo” a los acusados de robo, y cosas por el estilo… Todo un lujo de las novelas del siglo XIII, sólo que en este caso es realidad en Afganistán.
Después de revivir la escena durante unos cuantos minutos, aposté por acostarme y seguir dando vueltas al asunto. La Justicia tiene muchos fallos, y a menudo la decisión correcta no es la escogida. A veces unos salen intactos de sus fechorías, y otros tantos inocentes pagan su ‘no’ delito con tiempo perdido entre los barrotes de una prisión. Pero aún así, todos tenemos derecho a un juicio. Todos seguimos un procedimiento. Y todos tenemos derecho a ser escuchados delante de un tribunal. En Afganistán, lejos en cuanto a cultura pero no tanto en cuanto a distancia, la justicia es un acto abstracto que corresponde al vengador. Allí el acusado no tiene derecho a defenderse. Ni a explicarse. Ni a alzar la voz para declararse inocente o reconocer que es culpable. Ni si quiera a sembrar el beneficio de la duda. Allí, a medio camino entre España y China, cada cuál se toma la justicia por su mano. Y esas, a la mínima, se cortan por lo sano.
Elisabet Parera Campins.
Periodista.
Últimos artículos
- SanMartin.(10/03/2010 - 18:44)
- ¿Quién Dijo Orgullo?(05/03/2010 - 19:17)
- Menores Limpios de ...(02/03/2010 - 17:42)
- Alas de Esperanza.(28/02/2010 - 20:28)
Últimos vídeos
- Las Personas Jurídicas.
(27/02/2010 - 11:01) - Un Minuto para los ...
(22/02/2010 - 19:01) - ¿Cómo Te Sentirías ...
(16/02/2010 - 12:33) - We Are The World 25 For ...
(13/02/2010 - 18:41)

Enviar un comentario nuevo