Cuentos Chinos.
España no es y no ha sido sólo flamenco, toros y guitarra, y China no es sólo tai-chi, kung-fu, restaurantes y tiendas de 'todo a cien'. La frase es de la vicepresidenta del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, y pone de manifiesto los pretextos y leyendas urbanas que a menudo circulan acerca de la comunidad oriental. Porque, ¿quién no ha escuchado historias de un amigo de un amigo que va a un restaurante asiático y se encuentra con una uña de rata o un chip de gato? O, por el contrario, ¿quién no se ha preguntado una sola vez porque no hay chinos mayores en España? O, si más no, ¿quién no se ha cuestionado de dónde sale el dinero para pagar local, género y la propia calidad de vida de aquellos chinos que vienen a España a montar un negocio? El misterio de los chinos, como muchos suelen llamarle, no deja indiferente a nadie... Y donde a veces hay secretismo se esconde en realidad algo mucho más sencillo... o no. Todo es cuestión del punto de vista con el que se mire.
Prácticas extrañas.
De ellos de ha dicho de todo: que dejan morir a las niñas recién nacidas en plena calle y ante la mirada impasible de los transeúntes dado que son infravaloradas en el país; que cocinan a perros vivos y que, entre otras cosas, se comen los fetos de bebés después de comprarlos en un tarro en el supermercado. Son leyendas urbanas que uno muchas veces cree sin saber qué se esconde realmente tras esas palabras. 'La desinformación y el hermetismo que rodea a su cultura hace que sean uno de los colectivos más desconocidos entre los ciudadanos de nuestro país', dice el periodista Francesc Canals.
Se ha dicho de ellos también que quieren dominar el mundo, y lo cierto es que no es raro ver un negocio asiático en cada esquina. Viven en un régimen donde no es que la libertad no exista, sino que los vetos están demasiado impuestos. Ellos son protagonistas de muchas de nuestras frases de uso diario. Una de ellas es trabajar como un chino. Esperanza Liu, mediadora económica de origen chino residente en España, confirma la regla. 'Somos trabajadores por naturaleza. Si no trabajas, ¿como vives?', y añade que 'nosotros [los chinos] no trabajamos para vivir, vivimos para trabajar'. A estos le siguen otras frases como sonar a chino, engañar como a un chino, nanay de la China, tortura china o cuentos chinos. Lo cierto es que se trata de una comunidad que no deja a nadie indiferente: despierta recelo en unos y curiosidad en otros.
Un perfil bien definido.
En España hay un total de 146.336 ciudadanos chinos legalmente empadronados, según el Instituto Nacional de Estadística. El perfil de los residentes en nuestro país está muy bien definido: suelen ser 'discretos, silenciosos, limpios, educados y a menudo muy corporativistas en su comportamiento', dice Canals. A parte, suelen dedicarse al sector de los servicios, participan en el pequeño comercio y hablan poco español. Durante la década de los años 80 y 90 abrieron miles de restaurantes en España. Tal es la proliferación de éstos que, actualmente, existen unos 1,500 establecimientos de este tipo que dan trabajo a cerca de 10.000 personas. Lo que está claro es que llegan a España no para trabajar para otros, sino para hacer su propio negocio. Pero lejos quedaron ya los tiempos en que un chino trabajaba tras los fogones: ahora abren zapaterías, tiendas de ropa, peluquerías y bazares.
Según cuenta el director del Observatorio de Internet, Francesc Canals, durante décadas han proliferado 'todo tipo de leyendas urbanas, rumores y falsas informaciones vinculadas a los emigrantes procedentes de este país, desde la existencia de mafias o triadas hasta el tráfico de órganos o personas pasando por un amplio espectro de delitos y malas prácticas casi nunca probadas ni fundamentadas'. Pero estos cogen cada vez más fuerza.

Aquí hay gato encerrado.
Una de las principales leyendas negras que encabeza la lista es el tópico de que en los restaurantes chinos se come carne de rata, perro y gato. En este aspecto, Esperanza Liu dice: 'tal vez esta idea viene de una telenovela. Rata, nadie va a comer'. Pero por lo demás no puede ser más explícita. Por todos es sabido que en determinadas regiones de China es habitual comer carne de perro, y Liu lo confirma. 'En China comer perro es como comer cerdo, no hay mucha diferencia'. Afirma, además, que en España somos muy reacios a probar cosas nuevas. 'Nosotros comemos perro porque así sabemos qué sabor tiene', dice. En fin, yo no como carne de perro porque me recuerda que tengo uno en casa y no me gustaría verlo pasado por la sartén. No se trata de probar experiencias nuevas, sino de saber de antemano cuales son tus convicciones y por donde te guía tu propia moral. Pero tampoco por eso debe criticarse todo lo demás, cuando aquí comemos cerdo, vaca, perdices, toda clase de pescados, caracoles y pulpo entre otros.
Y a parte, ¿a quién no le han contado un cuento chino? Como el de la mujer que entra en un bazar mientras el marido espera fuera, y tras ver que no sale llama a la policía y ésta la encuentra en un frigorífico oculto en el bazar del almacén. O el del hombre que va a un restaurante chino y tras notar un malestar prolongado va a urgencias, donde le hacen un lavado de estómago y descubren un chip de perro -o gato, dependiendo de la versión- en el interior del individuo. Y, ¿a quién no le han dicho que los chinos ancianos van a parar a la sartén para que todos los degustemos? Para esta última pregunta Esperanza Liu tiene la respuesta idónea: aquí en España no hay tumbas de chinos porque éstos 'vuelven a morir en su propia tierra. Si mueres fuera de tu tierra, significa que habrá mala suerte para uno mismo y para toda la familia', afirma callando así también las voces de los que afirman que los chinos legalmente no mueren para poder reciclar el pasaporte.
Las fobias orientales.
Pero los tópicos chinos, conocidos ya como fobias orientales, no terminan ahí. Y mientras la gran mayoría se quedan en leyendas urbanas que acaban por no ser probadas, hay otras que inspiran una mayor veracidad por la cantidad de documentación que existe al respecto. Uno de esos casos es el de los Bonsai Kitten o, dicho de otro modo, los gatos que viven en el interior de las botellas.
Este caso, tal y como recuerda Canals, saltó a la opinión pública hace unos años y supuso un verdadero escándalo. Pero aún así, reaparece de manera constante cada dos o tres años. En este caso, 'se trata de una empresa china que supuestamente comercializa un kit que permite mantener a un gato vivo recién nacido en el interior de una botella de cristal', afirma el director del Observatorio. 'El gato-bonsai se introduce al nacer y posteriormente se le alimenta a través de gomas y tubos convirtiéndolo en un cruel divertimento en forma de mascota embotellada para los más pequeños de la casa', dice. De hecho, en Internet dicha empresa llegó a comercializarlos por 35 dólares el pack. Y aunque muchas asociaciones han denunciado los hechos, lo cierto es que nunca nadie ha podido probar si era cierto.
Otro de los misterios tiene que ver con que los establecimientos chinos sirven de lugar de encuentro para las mafias, o bien de plataforma para blanquear dinero u ocultar otras actividades o negocios. Pero según afirma Canals, 'los chinos tienen un sistema de márketing y financiación muy propias de su cultura que les permiten mantener estos negocios dentro de la legalidad aún y pese a estar semi-vacíos'. En este sentido, los chinos suelen emigrar a países en los que ya tienen núcleos familiares y, aunque llegan con pocos recursos, 'a su llegada cada núcleo familiar cede un pequeño préstamo a la familia recién instalada', afirma Canals. Este hecho lo corrobora Esperanza Liu. Con este dinero -que oscila entre los 10.000 y los 30.000 euros según el caso- los chinos consiguen instaurar un sistema de financiación que les permite reunir dinero y alquilar un local empezando así un negocio desde cero. Posteriormente y en un breve período de tiempo, éstos devuelven el préstamo.
También es cierto que los chinos 'pintan y realizan la mayor parte de reformas e instalaciones de su restaurante o local'. Ellos son pintores, fontaneros, electricistas y auténticos habilidosos en el arte de las reformas. Elaboran su comida artesanalmente, optimizan al máximo los gastos, y la organización familiar 'constituye el organigrama y motor de su actividad'.

Tampoco es muy difícil encontrarse a un chino en una máquina tragaperras. La explicación es sencilla. 'Los chinos tienen una gran capacidad de observación, su modelo de pensamiento es más global e intuitivo que el de los europeos, son capaces de observar máquinas y mecanismos durante horas para descifrar potenciales patrones de conducta', relata Francesc Canals. Por tanto, es habitual que se instalen en bares durante horas leyendo un libro o tomando una bebida, 'analizan el resultado de las máquinas, sus algoritmos y permiten llegar a conclusiones para posteriormente jugar en el momento oportuno'. Tal es el caso que algunos locales han llegado a prohibir el juego a ciudadanos de aspecto oriental. Son víctimas de las llamadas mafias chinas.
Entre otro de los hechos que han tomado fuerza pero no ha podido ser demostrado es el mito de los chinos que acuden a las perreras municipales con el fin de adoptar una gran cantidad de perros que posteriormente utilizarían como materia prima para la elaboración de distintos platos. Lo mismo ocurre sobre el hecho que apunta a que varios chinos pagarían pequeñas cantidades de dinero para que a la salida del colegio algunos niños con tiempo libre 'se dedicaran a cazar pequeños reptiles, saltamontes, hormigas y otros pequeños insectos destinados a ser utilizados como aperitivo en las comidas de algunos restaurantes chinos'.
También Google ha tenido que desmentir los numerosos rumores publicados en la prensa y que vinculan su actividad a 'oscuras maniobras del gobierno chino y que aseguran que esta empresa ha decidido abandonar el país, colaborar con los servicios de inteligencia chinos o colaborar con el gobierno comunista entre muchos otros'.
Mirando al horizonte.
Lo cierto es que cuando más lejana nos parece una cultura a la nuestra, más recelo o curiosidad nos despierta. Su país queda lejos de nuestras fronteras. Nuestra vista no alcanza a mirar sin prejuicios a una sociedad que nos queda más allá del horizonte. Y, como siempre, es más fácil hablar de lo desconocido sin tener ninguna idea al respecto, que esforzarse en entender una cultura muy diferente a la nuestra pero igual de enriquecedora que todas.
No todas las leyendas urbanas expuestas arriba serán verdaderas, de la misma manera que deduzco que no todas serán falsas. Dice el probervio que cuando el río suena, agua lleva, pero yo sigo yendo una vez a la semana a comer al restaurante chino habitual, y puedo mantener largas conversaciones con sus camareros mientras cocinan y degusto sus platos exquisitos. Pero de la misma manera, me parece vergonzoso que circulen por la Red varios videos que simulan a ciudadanos chinos comiéndose un bebé recién nacido pasado por la sartén, y mostrando supuestos fetos que se ponen a la venta en supermercados; cuando ha quedado demostrado que el bebé en cuestión es una muñeca, y los tarros que contienen supuestos fetos son un alimento natural que ayuda a estimular el cerebro. Y es que hay veces que las víctimas somos los occidentales por mirar hacia otro lado cuando realmente deberíamos preocuparnos por las malas prácticas de nuestro país. Porque aquí, ni sabemos lo que comemos, ni cómo lo comemos.
Aún así ellos, los chinos, lo tienen claro: siguen llegando, abriendo nuevos locales, siguiendo con su estructura comercial, con sus ojos rasgados y su empeño por seguir evolucionando. Probablemente no les importa lo que muchos piensan de ellos porque quizás no haya llegado a sus oídos. De lo contrario, estoy casi segura de su respuesta. Y es que a ellos, mientras puedan seguir con sus negocios, les da igual todos los cuentos chinos que se cuenten acerca de su cultura.
Elisabet Parera Campins.
Periodista.
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