Época de Oportunidades. (por Elisabet Parera Campins).
Hay un proverbio griego que dice: 'Mientras el tímido reflexiona, el valiente va, triunfa y vuelve'. Hay muchas maneras de triunfar en la vida, y muchas formas, también, de entender el triunfo. Este puede ir desde desear el trabajo de tus sueños, hasta realizar el viaje más emotivo por cualquier rincón perdido, pasando por formar una familia con la persona a quien amas o simplemente, consiguiendo el destino que uno había elegido tiempo atrás. Pero además de todo esto, este proverbio griego me parece una buena forma de entender -o si más no, plantear-, la época que nos ha tocado vivir.
Hace poco más de una semana entrevisté a un hombre justo después de soplar las 100 velas de su tarta de aniversario. Tenía las ideas claras, la memoria intacta, y los recuerdos empañados entre lágrimas cubiertas de medias sonrisas. Al preguntarle por sus épocas más duras, me di cuenta que lo de hoy solamente es cuestión de carácter y saber hacer. Está claro que digamos como lo digamos, o por mucho que camuflemos las palabras entre medias verdades, hay un término que a estas alturas atemoriza a medio país y aburre al otro medio. Es la crisis. Al principio se pronunciaba con miedo y precaución; después, se infiltraba a cuentagotas en la sociedad para después ser presentada por los medios de comunicación y ser introducida a la fuerza en nuestro vocabulario cotidiano. Cuando nos dimos cuenta ya la teníamos inmersa en nuestra mente como si fuera la culpable de todo lo que nos pasa, y ahora mientras unos lamentan su mala suerte mirando de reojo a una economía nefasta que sirve para argumentar esta falta de actividad en la vida de uno, otros saben que es su momento: el momento de las oportunidades.
No está de más mirar de frente a lo que está por venir. Óscar lo decía en su artículo No Encuentro Trabajo, y es que quedarse sentado en el sofá esperando a que la faena llegue, no es la solución. Desde el momento en que se creó el subsidio por desempleo es porque no todos a la vez podríamos tener trabajo. Duro, sí; pero tampoco es nada que venga de nuevo. La última vez que me interesé por el número de parados, iban por los tres millones, y me dije que tan solo se trataba de que cada uno jugase bien sus cartas. Y ahí entran en juego el tímido, el valiente, y los triunfos de éste último. Es cierto que la economía ha dado un giro, pero no es más que el resultado de las malas prácticas de los que ganaban dinero a costa de aquellos a quienes no les sobraba. Aunque éstos últimos, claro está, entonces no lo sabían. Y les daba igual gastarse 3.000 euros en un viaje que
ahora no cuesta ni la mitad, o en unos zapatos que ganan en polvo en el escaparate de aquella tienda carísima de cualquier esquina de Barcelona. Antes daba igual llenar el carro de la compra de productos que iban directamente a la basura y que solo servían para engordar el tiquet del supermercado, o comprarse un coche donde lo que cuenta es el distintivo que lleva en la parte central, tanto delante como detrás. Está claro que todo esto aún no ha cambiado del todo, pero también está claro que la relación entre valor y precio está estrechándose cada vez más. Es difícil entender un mercado que no esté fijado en precios, pero también es cierto que el precio de un producto no debería ser más que el resultado del valor que este producto tiene para nosotros. En fin, que mientras unos se lamentan de no tener dinero para sus caprichos -otros, realmente, no lo tienen ni para sobrevivir-, otros creen en sus oportunidades y saben que un cambio así es duro, pero también necesario.
Y volviendo al tema del proverbio, parece que en este aspecto los griegos nos llevan bastante ventaja. Si ahora no hay trabajo para todos, antes tampoco lo había. Y si ahora hay menos, es porque aquellos que se llenaban los bolsillos con malas prácticas, han tenido que dejar de hacerlo. Y si la mayoría culpa a la crisis de la falta de trabajo, es algo que los demás deben aprovechar. Porque no es lo mismo quedarse en casa lamentándose de la mala suerte que ha tenido uno al quedarse sin trabajo, que ir de sitio en sitio entregando currículums con una sonrisa cargada de esperanza. Porque aunque pueda parecer iluso, no deja de ser el reflejo del valiente que sabe que si juega sus cartas, el triunfo está asegurado. Y es aquí donde acaba el lamento y empieza la esperanza. Es en el paso que uno da, cuando se deja la timidez a un lado y se apuesta por la valentía que cada uno alberga. Es fácil lamentarse de una situación argumentando que la culpa no es nuestra, pero no tiene nada de valiente. El que lo es, deja de preocuparse por lo que pasa, y simplemente refleja sus fuerzas en sus ganas de hacer cosas. Cosas que, por otro lado, no dejan de ser su particular triunfo. Y ahí, es donde está la diferencia entre el tímido que se lamenta, y el valiente que todo lo apuesta: en las oportunidades que cada cual se decide crear.
Elisabet Parera Campins.
Periodista.
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